No escribo, hace mucho
tiempo que no escribo, prefiero que la realidad se pronuncie por sí sola.
Escribir es hacer trampa, forzar a la realidad para que se comporte como la
deseamos y eso solo es posible en nuestra imaginación. Solo en el texto podemos
controlar el orden causal de los sucesos; nombramos las cosas para intentar
conocerlas y, así, creer que nuestra idea del mundo se adecúa a esta amalgama
de sensaciones que constantemente nos bombardea. El lenguaje es el sostén de
nuestras creencias, necesitamos libros, necesitamos poner por escrito la
palabra para dar fe de que existimos. Después de todos estos años me empiezo a
dar cuenta de que esa es la razón que me impulsó a escribir, de que siempre me
ha costado creer en la realidad de mi existencia, mientras que,
paradójicamente, siempre me ha parecido
más fácil confiar en la realidad de lo que escribo. Miro hacia atrás mientras
leo mis poemas y creo en lo que allí está escrito, porque en ellos se encarna
la fundación de mi historia. Y es así que hoy vuelvo a escribir, al hilo de los
acontecimientos.
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