Tarde otoñal de domingo. Llueve, una lluvia fina, amable, que refresca el ambiente. Me digo que si soy un escritor, tengo que escribir; pero la mayor parte de mi tiempo libre lo ocupo en la lectura. Así que se me ocurre que una forma de conciliar estas dos pasiones podría ser la de escribir una historia de mis lecturas. En literatura siempre se trata de encontrar un buen comienzo y este, quizás, no sea del todo malo. Pues bien, empezaré por lo que estoy leyendo ahora mismo, una Historia de la Filosofía de Felipe Martínez Marzoa. Ya he leído otras: la de Hegel, la de Julián Marías, la de Bertrand Russell y algunas más que han caído en mis manos. En todas ellas me fascina el esfuerzo por llegar a comprender lo que somos, nuestra inmensa capacidad de observación para desgranar todos los fenómenos que moldean nuestra realidad. La historia de la filosofía nos cuenta cómo a lo largo de los siglos el ser humano ha perseguido el saber: conocer el arjé, la raíz de las cosas. En mi caso, siempre vuelvo a la filosofía cuando me siento perdido en el presente, cuando siento, como ahora mismo, que nuestro pensamiento se ha desquiciado. Echo un vistazo a la actualidad y da la impresión de que todo este esfuerzo no ha fructificado, pero sé que no es cierto, que solo nos llega el ruido. Es en el silencio de la lectura donde se puede encontrar la calma necesaria para seguir avanzando en el conocimiento de nuestro estar en el mundo y, solo así, podremos hallar soluciones para superar los retos a los que nos enfrentamos.
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