¿Por qué decidí acudir, aquella mañana de sábado, a escuchar una ponencia sobre el posthumanismo? Me hice esta pregunta diez minutos antes de entrar en la sala, después de tomar un café en la Plaza de las Ranas y de echar una quiniela con la firme convicción de que todo a mi alrededor hacía presagiar buenos augurios. Al mismo tiempo me vino el comienzo de 62. Modelo para armar, de Julio Cortázar: “¿Por qué entré en el restaurante Polidor?”. Así funciona mi mente. El día anterior recibí un mensaje de mi amigo Ricardo con el programa del ciclo de conferencias Pensar después de lo humano: filosofía para un mundo en transformación, y pensé que por qué no ir. No suelo alterar mis rutinas, así que descarto cualquier actividad que me saque de ellas; los sábados por la mañana los dedico a hacer la compra y a dar un paseo por la playa. Pero intuí que el mensaje de Ricardo me invitaba a tirar los dados y salir de mi casilla, como en el juego de la Oca. No me vendría mal, por una vez, salirme de mis casillas, llevo unos años sintiendo que no avanzo mucho por el tablero de la vida: del trabajo a casa, de casa al trabajo y tiro porque me toca. A todo este batiburrillo de mi cabeza, se le unió el hecho de que una de las ponentes me había dado clases cuando estudié la carrera hace más de treinta años. Habló sobre María Zambrano y el caso es que estuve leyendo su libro El hombre y lo divino hace unos meses, en unos de los periodos de mi vida más turbulentos por razones de índole personal. El ser humano siempre ha tenido la necesidad de creer en algo que lo trasciende cuando se le hace patente su fragilidad, es el sentimiento trágico de la vida que nos describió Unamuno. La conferenciante apeló a la búsqueda de nuestra interioridad, en este tiempo en que la realidad parece tomar unos tintes cada vez más apocalípticos y me pregunté, mientras la escuchaba, qué hay en esa interioridad, en esa vida auténtica que propugnaba Heidegger. Miramos hacia adentro y nos encontramos con nuestra consciencia, que está hecha también de lo que nos sucede ahí afuera y formamos uno con este ser de infinita belleza, del que ignoro si por alguna razón o, simplemente por el azar de unos dados, nos ha tocado ser partícipes. El caso es que salí de la charla con muy buen cuerpo, dispuesto a continuar esta serie sobre la historia de mis lecturas y, completamente persuadido, de que todas las señales apuntan a que el premio de la quiniela es para mí.
sábado, 24 de octubre de 2026
Una historia de mis lecturas (2)
¿Por qué decidí acudir, aquella mañana de sábado, a escuchar una ponencia sobre el posthumanismo? Me hice esta pregunta diez minutos antes de entrar en la sala, después de tomar un café en la Plaza de las Ranas y de echar una quiniela con la firme convicción de que todo a mi alrededor hacía presagiar buenos augurios. Al mismo tiempo me vino el comienzo de 62. Modelo para armar, de Julio Cortázar: “¿Por qué entré en el restaurante Polidor?”. Así funciona mi mente. El día anterior recibí un mensaje de mi amigo Ricardo con el programa del ciclo de conferencias Pensar después de lo humano: filosofía para un mundo en transformación, y pensé que por qué no ir. No suelo alterar mis rutinas, así que descarto cualquier actividad que me saque de ellas; los sábados por la mañana los dedico a hacer la compra y a dar un paseo por la playa. Pero intuí que el mensaje de Ricardo me invitaba a tirar los dados y salir de mi casilla, como en el juego de la Oca. No me vendría mal, por una vez, salirme de mis casillas, llevo unos años sintiendo que no avanzo mucho por el tablero de la vida: del trabajo a casa, de casa al trabajo y tiro porque me toca. A todo este batiburrillo de mi cabeza, se le unió el hecho de que una de las ponentes me había dado clases cuando estudié la carrera hace más de treinta años. Habló sobre María Zambrano y el caso es que estuve leyendo su libro El hombre y lo divino hace unos meses, en unos de los periodos de mi vida más turbulentos por razones de índole personal. El ser humano siempre ha tenido la necesidad de creer en algo que lo trasciende cuando se le hace patente su fragilidad, es el sentimiento trágico de la vida que nos describió Unamuno. La conferenciante apeló a la búsqueda de nuestra interioridad, en este tiempo en que la realidad parece tomar unos tintes cada vez más apocalípticos y me pregunté, mientras la escuchaba, qué hay en esa interioridad, en esa vida auténtica que propugnaba Heidegger. Miramos hacia adentro y nos encontramos con nuestra consciencia, que está hecha también de lo que nos sucede ahí afuera y formamos uno con este ser de infinita belleza, del que ignoro si por alguna razón o, simplemente por el azar de unos dados, nos ha tocado ser partícipes. El caso es que salí de la charla con muy buen cuerpo, dispuesto a continuar esta serie sobre la historia de mis lecturas y, completamente persuadido, de que todas las señales apuntan a que el premio de la quiniela es para mí.
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Hay que romper la rutina para echarla de menos. De vez en cuando dejarse seducir por el azar. No mucho, no siempre, porque uno está hecho a la quietud, algo de eso es el paseo por el claro del bosque.
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